¡Shalom, Ani Sigal!
Esta semana, el cielo sobre Jerusalén finalmente se abrió. Un velo gris se formó sobre las colinas y comenzó a caer una suave lluvia: el primer yoreh de la temporada. Los niños corrieron hacia sus ventanas y los olivos se balancearon como si ellos también recordaran algo antiguo.
En la Biblia, la yoreh es más que un fenómeno meteorológico. Es un símbolo de fe renovada, el momento en que la promesa divina vuelve a encontrarse con la tierra. La raíz de yoreh, yarah (יָרָה), significa «enseñar» o «mostrar el camino». Incluso la lluvia es una maestra. No cae en forma de inundaciones, sino en suaves gotas que preparan el suelo para la vida que está por venir.
Cuando camino por las estrechas calles después de esa primera lluvia, pienso en cómo el estudio funciona de la misma manera. Comprender las Escrituras en su hebreo original a menudo comienza con pequeños descubrimientos —una palabra aquí, una raíz allá— y poco a poco el significado comienza a florecer. Las palabras echan raíces como semillas en tierra fértil.
Emunah (אֱמוּנָה) —fe— comparte su raíz con amén, una palabra de confianza y acuerdo. Creer es mantenerse firme, esperar la lluvia incluso cuando el cielo está despejado. Esa es la lección de esta estación: la fe no es certeza, es la tranquila disposición a recibir.
Hace unos años, una estudiante me escribió después de su primera clase. Me dijo: «Nunca imaginé que las letras que he visto toda mi vida pudieran sonar tan vivas». Sonreí, pensando en cómo la lluvia también la había encontrado a ella. Una vez que el corazón se abre, la comprensión comienza a llegar casi por sí sola.
A medida que la semana llega a su fin y se acerca el Shabat, te invito a escuchar tu propio yoreh, la primera lección, la primera gota de sabiduría que toca tu alma. Que te nutra con una fe renovada y una suave maravilla.
Si esta reflexión te ha llegado al corazón, tal vez sea el momento de estudiar la Biblia en el idioma en el que se pronunciaron por primera vez estos versículos.